"La ventana de los mil días"

El futuro condicionado

Por: Jorge O. Veliz




articulo

18/05/2026

Resumen

Los días son idénticos en tiempo pero no en calidad. Cada vivencia en un corto plazo dejará su impronta para siempre. 


La ventana de los mil días

Somos padres autodidactas. Replicamos nuestras respectivas culturas familiares repitiendo aciertos y errores, aportando de vez en cuando algún toque personal, pero no mucho más. Si existieran licenciaturas para la crianza, posiblemente estas líneas no serían necesarias; pero la realidad es que nos aventuramos al gran desafío aprendiendo sobre la marcha.

Hace unos días, durante el Congreso Argentino de Psiquiatría en Mar del Plata, asistí a un seminario dictado por el Dr. Hugo Dramisino. Entre lo mucho escuchado para reflexionar, una inquietud quedó flotando en mi mente: "La ventana de los mil días". ¿Cuánto sabemos realmente sobre lo que nos determina? ¿Cuánto se difunde lo que sí sabemos?

Hoy la ciencia ha llegado a una conclusión: la salud física, cognitiva y emocional de un adulto no depende exclusivamente de los genes con los que nace. Está determinada, en gran medida, por la epigenética. Es decir, por la influencia que ejerce el entorno inmediato durante sus primeros mil días de vida, contados desde el instante de la concepción.

Para entenderlo de forma simple, pensemos en la construcción de una casa. La genética es el arquitecto: diseña los planos, un documento que una vez aprobado no se puede modificar. La epigenética, en cambio, es el constructor. De su pericia, de su cuidado y de los materiales que elija dependerá la calidad final de lo construido. Un mismo diseño puede terminar siendo una casa sólida o una vivienda con vicios ocultos que aflorarán con el paso del tiempo.

En esos primeros mil días, los padres —o quienes asumen el rol de "constructores"— tienen una responsabilidad enorme. La calidad de la nutrición es primordial para el desarrollo del cerebro y del cuerpo; pero la ternura, el apego y un ambiente familiar amoroso son el cemento fundamental para el futuro afectivo y emocional de esa criatura que se asoma a un mundo desconocido. Aquí, la implicancia biológica del afecto se convierte en buenaventura, en eudaimonía: el “florecimiento humano”, la “plenitud del ser”.

En muchas ocasiones somos escépticos de las decisiones políticas, pero hay excepciones que merecen destacarse. En 2020 se sancionó por unanimidad la Ley 27.611 —la Ley de los 1.000 días—, un marco que protege a la madre y al niño desde el embarazo hasta los tres años. Ya lo decía Aristóteles: la política, en su sentido más noble, es el arte de velar por el bien supremo, y de ella dependen la educación y la salud. En este caso, el Estado estuvo a la altura de las circunstancias.

La salud de la sociedad del mañana depende de la salud integral y del cuidado de los niños que hoy habitan el presente. Los gestos de ternura de hoy serán los cimientos de la amorosidad futura.

Dr. Jorge O. Veliz

 

 

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